La pereza no distingue clases sociales.
Hay ricos que también son vagos. Que no trabajan. Que nacieron en cuna de oro y no saben lo que es ganarse algo con esfuerzo.
Y también hay gente que se parte el lomo todos los días.
Que madruga, que se sacrifica, que trabaja duro… y nunca sale de la pobreza.
Lo digo sin ser zurdo ni resentido.
Pero es evidente que la vida está desordenada y es profundamente desigual.
Unos nacen siendo estrellas. Otros nacen estrellados.
Ahí está el hombre que se levanta a las 4 de la mañana y regresa a casa a las 9 de la noche, cansado, con hambre, y con apenas $70.000 pesos ganados en todo el día.
¿Qué le decimos? ¿Que se esfuerce más?
¿Que se levante a las 3:00 am?
Mientras tanto, otros —con solo unos clics desde su computador— ganan millones invirtiendo en mercados que conocen, o en activos que heredaron.
Y como tienen tiempo libre, estudian más, hacen ejercicio, viajan, disfrutan.
¿Es mérito? ¿Es suerte? ¿Es acceso a conocimiento?
La solución a esa desigualdad brutal parece escaparse de nuestras manos.
No se trata de socialismo, comunismo o capitalismo.
Ni de izquierda o derecha.
Lamento decirlo, pero no todos podemos ser ricos.
La pobreza no va a desaparecer por completo.
Lo que sí es posible es ser menos pobres. Vivir mejor.
Pero es matemática y lógicamente imposible que todos tengamos una mansión y un yate de lujo.
La naturaleza de la existencia parece ser así: caótica. Injusta. Y profundamente aleatoria.
Así como hay personas que miden 2 metros de altura y otras alcanzan 1 metro.
La desigualdad es natural. Somos desiguales. No somos iguales. Ese discurso de igualdad es trasnochado y no soluciona el problema ni mucho menos llega al fondo del mismo.
Sin embargo, sí es verdad que debemos ser solidarios con el menos favorecido. No se trata de un falso altruismo obligado e impuesto por la sociedad, pero sí podemos apelar a eso, a la fraternidad: a mirar al menos favorecido y apoyarle sin sacrificarse.
No sé. Digo yo acá.
Guillo
@Codiguillos