Brayan murió en abril del 2020. Era el inicio de la pandemia. Vivíamos en la misma ciudad, lejos de nuestras familias. Un día recibí una llamada: Brayan estaba muy enfermo y me necesitaba.
Las calles olían a paranoia. El miedo era viral. Y ahí estaba yo, de hospital en hospital, cargando a Brayan sobre mis hombros. El mismo peso que días después cargaría en su ataúd.
Fue un funeral extraño. Solo él, unas velas trémulas dibujando sombras en la penumbra… y yo con los recuerdos de los momentos de una infancia compartida.
Luego vino Gaia, mi perrita. Murió con apenas cuatro meses. Un dolor insondable sentí. Durante semanas, al abrir la puerta, mi cuerpo se preparaba para verla correr hacia mí, con su colita feliz. Pero ya no estaba. Solo el vacío. La nada.
Cargué también con la culpa. Me sentí un mal ser humano por haberla dejado morir. Un inútil, incapaz de cuidar a una mascota. Fracasé siendo responsable de una vida. Si no he sabido cuidarme a mí mismo, ¿cómo cuidar de otros? Ni siquiera una planta, que también se me han muerto. Me sentí el ángel de la muerte.
Entonces llegó abril del 2021. Un año después de Brayan, murió Adela, mi hermana. El 15 de marzo, semanas antes, escribió en Facebook que prefería que le dijeran cuánto la amaban en vida, no cuando estuviera muerta. ¿Fue una premonición?
Entré a la UCI cubierto con guantes, bata, tapabocas y gorro para reconocer su cuerpo. Le tomé la mano. Me despedí. Pero no lloré. Me tocaba ser fuerte.
Ella murió a 500 kilómetros de casa, sola, en una sala aséptica para pacientes COVID. Solo yo estaba allí. Ella, sin derecho a visitas. Yo, sin derecho a verla como merecía. Me tocó hacer la llamada. Contactar la funeraria. Recibir sus cenizas. Y entregárselas a mi sobrino. Me dolió no poder abrazarlo. El virus nos prohibió despedir a nuestros muertos y hasta poder abrazarnos para compartir el duelo.
Cuando regresé casa, fue cuando lloré. Solo. El silencio como testigo.
Por si no fuera poco, a las tres semanas, murió Javier. Otra vez la muerte, implacable, tocaba la puerta de mi familia. Cuando el dolor desborda el alma, las lágrimas no bastan. Llorar parece absurdo. Solo queda la cólera.
Y entonces, escuché a mi madre llorar. Aún no había terminado de llorar a Adela, y ya debía llorar a otro hijo. Su sobrino. Doble capa de dolor. ¿Cómo no enloquecer?
En ese momento entendí por qué Nietzsche lloró frente al caballo de Turín. No fue por el caballo, fue por la crueldad desmedida de la existencia. Esa que azota por igual al hombre, al animal, al árbol y a todo lo que respira.
Luego en diciembre de ese mismo año 2021, el señor Jaime me invitó a almorzar. Recuerdo que hablamos largo y tendido en medio de carnes de res a término medio y copas de vino. Era un hombre noble. Al salir, compró pan para una familia de harapientos que posaba frente a su tienda de antigüedades. Sin imaginar que días después, moriría por una intervención médica absurda. Cuando recibí la noticia, pensé que nada de lo que vive debería morir. Y menos las buenas personas.
Si me preguntan, no sabría decir cuál ha sido el mejor año de mi vida. Pero el peor, sin duda, fue el 2022. Y fue en ese abismo donde apareció Leidy. Una amistad impredecible. Un espíritu radiante. Ella era todo lo contrario a lo que yo sentía: mientras ella veía el mundo con optimismo, yo lo veía absurdo.
Su compañía fue un rayo de luz en medio del naufragio. Hasta que llegó el 2023 y la despedida. Me mudé de ciudad y Leidy estuvo allí hasta el último día. Aún siento el calor de su abrazo. Me prometió que algún día nos tomaríamos unas cervezas frente al mar y dijo que le hubiera gustado envejecer en una casa frente al océano.
Meses después, murió. En Ibagué. Muy lejos del mar.
Al final, estoy seguro que resiento profundamente de los Testigos de Jehová por su doctrina de la vida eterna. Yo crecí creyendo en la eternidad. Pero la vida me ha enseñado lo contrario: la fugacidad. Todos vamos a morir: Cristianos, musulmanes, judíos, blancos, negros, de izquierda o de derecha. Todos. A eso no le temo.
No me asusta la muerte en sí. Lo que más me duele de la muerte no es la ausencia, sino su silencio.