Durante más de un siglo, expediciones de españoles, alemanes e ingleses atravesaron selvas, llanos y cordilleras en busca de El Dorado. Muchos murieron en el intento y ninguno lo encontró, porque buscaban algo que no existía: una ciudad o un reino hecho de oro. El origen de la leyenda era más modesto y más verdadero. En la sabana de Bogotá, el pueblo muisca celebraba un ritual en la laguna de Guatavita en el que un hombre, cubierto de polvo de oro, ofrecía riquezas a sus dioses. «El Dorado» era, al principio, una persona.
Los muiscas y el oro
Los muiscas, también llamados chibchas, habitaban el altiplano cundiboyacense, en el centro de la actual Colombia, cuando llegaron los españoles en 1537. Eran una sociedad agrícola numerosa, organizada en cacicazgos, con dos grandes centros de poder: el del zipa, con sede en Bacatá, cerca de la actual Bogotá, y el del zaque, en Hunza, la actual Tunja.
Su territorio no tenía grandes minas de oro, pero sí sal y esmeraldas, que intercambiaban con pueblos vecinos por el metal. Los orfebres muiscas trabajaban el oro y la tumbaga, una aleación de oro y cobre, con técnicas como la cera perdida. Producían tunjos, pequeñas figuras votivas que se depositaban como ofrendas en lagunas, cuevas y templos. Para los muiscas el oro no era una moneda: era un material sagrado asociado al sol.
El ritual de Guatavita
La descripción más citada del ritual viene de Juan Rodríguez Freyle, un cronista nacido en Santafé de Bogotá que escribió hacia 1636 El Carnero, una crónica de la Nueva Granada. Según su relato, basado en lo que le contó un descendiente de caciques, cuando un nuevo cacique de Guatavita asumía el poder se celebraba una ceremonia en la laguna.
El heredero, después de un periodo de retiro, era desnudado, untado con una tierra pegajosa y cubierto de polvo de oro. Subía a una balsa de juncos con cuatro caciques principales, adornados con plumas, coronas y joyas, mientras en la orilla ardían fogatas y sonaban instrumentos. En el centro de la laguna, el nuevo cacique arrojaba al agua oro y esmeraldas como ofrenda, y luego se bañaba para quitarse el polvo dorado. Desde la orilla, la multitud acompañaba con gritos y música.
Rodríguez Freyle escribió casi un siglo después de la conquista y su relato tiene elementos novelescos, pero coincide con otras fuentes y con la arqueología: las lagunas eran lugares sagrados para los muiscas y en ellas se han encontrado ofrendas de oro. Algunos historiadores creen que el ritual ya no se practicaba cuando llegaron los españoles, porque Guatavita había sido sometida por el zipa poco antes.
La balsa muisca
En 1969, unos campesinos encontraron en una cueva del municipio de Pasca, en Cundinamarca, una pieza de orfebrería que parece ilustrar la ceremonia: una balsa de oro con una figura central de mayor tamaño rodeada de figuras más pequeñas. La pieza, conocida como la Balsa Muisca, se conserva en el Museo del Oro del Banco de la República, en Bogotá, y se ha convertido en el símbolo de la leyenda.
La balsa no prueba que el relato de Rodríguez Freyle sea exacto en cada detalle, pero muestra que la imagen de un jefe en una balsa rodeado de acompañantes formaba parte del universo simbólico muisca. Una pieza similar, encontrada en el siglo XIX en Siecha, se perdió en un incendio en Alemania.
De hombre dorado a reino de oro
Cuando los rumores del «indio dorado» llegaron a los conquistadores, se transformaron rápidamente. El hombre cubierto de oro pasó a ser un reino, luego una ciudad y, más tarde, una región entera con lagos de oro y templos forrados del metal. La conquista del Perú, con el inmenso rescate de Atahualpa, había demostrado que en América existían imperios ricos, y la imaginación hizo el resto.
En 1537 Gonzalo Jiménez de Quesada llegó al altiplano desde Santa Marta y sometió a los muiscas. Poco después aparecieron por caminos distintos Sebastián de Belalcázar, desde Quito, y el alemán Nicolás Federmann, desde Venezuela, al servicio de los banqueros Welser. Los tres se encontraron en la sabana en 1539, en uno de los episodios más curiosos de la conquista. Fue en esos años cuando se fundó Santafé de Bogotá.
Los muiscas tenían oro, pero no un reino dorado. Desde entonces la búsqueda se desplazó hacia el oriente y el sur, siempre un poco más allá. En 1541 Gonzalo Pizarro salió de Quito hacia el país de la Canela y de El Dorado; uno de sus hombres, Francisco de Orellana, terminó navegando el Amazonas hasta su desembocadura. En 1560 la expedición de Pedro de Ursúa por el Amazonas terminó con su asesinato a manos de Lope de Aguirre, que se rebeló contra el rey y acabó muerto en Barquisimeto en 1561.
Raleigh y la Guayana
A finales del siglo XVI la leyenda se trasladó a la Guayana, donde se situaba una ciudad llamada Manoa junto al lago Parime. El inglés sir Walter Raleigh remontó el Orinoco en 1595 y publicó un libro que popularizó El Dorado en Europa. Los mapas de la época, como los del cartógrafo Jodocus Hondius, dibujaron durante décadas un lago inexistente en el corazón de la Guayana. Raleigh volvió en 1617; la expedición atacó el asentamiento español de Santo Tomé de Guayana y murió su hijo. A su regreso a Inglaterra fue ejecutado en 1618.
Ya en el siglo XIX Alexander von Humboldt, que visitó la región, contribuyó a desmontar la geografía fantástica del lago Parime.
Los intentos de vaciar Guatavita
Si el oro estaba en el fondo de la laguna, bastaba con sacarlo. Esa lógica produjo varios intentos de drenaje. En la década de 1580 el comerciante Antonio de Sepúlveda, con autorización de la Corona, abrió un corte en el borde de la laguna que bajó el nivel del agua. Recuperó algunas piezas de oro y una esmeralda, pero el corte se derrumbó y murieron trabajadores. La muesca todavía se aprecia en el borde del cráter.
A comienzos del siglo XX una empresa británica, Contractors Ltd., logró vaciar la laguna mediante un túnel. El lodo del fondo se endureció al sol y resultó imposible de excavar; los hallazgos fueron escasos y la empresa quebró. En 1965 el gobierno colombiano declaró protegida la laguna y prohibió las búsquedas privadas. Hoy forma parte de una reserva natural y es un destino turístico a unas dos horas de Bogotá.
Mito y realidad
Mito: El Dorado era una ciudad de oro. La expresión aludía a un hombre, el cacique cubierto de polvo dorado. La ciudad fue un añadido europeo.
Mito: en Guatavita hay un tesoro incalculable. Se han recuperado piezas de su fondo, pero no hay pruebas de una acumulación fabulosa. Muchas ofrendas muiscas eran tunjos pequeños de tumbaga.
Realidad: la leyenda impulsó exploraciones que llevaron a los europeos al Amazonas, el Orinoco y los Llanos, con un altísimo costo humano para los pueblos indígenas y para los propios expedicionarios.
Por qué la leyenda sigue viva
El Dorado se convirtió en una metáfora universal de la búsqueda imposible de riqueza, y su nombre está en ciudades, aeropuertos y empresas. Pero detrás de la palabra hay una sociedad concreta, la muisca, cuya orfebrería puede verse en el Museo del Oro. Volver al origen de la leyenda es también una manera de recordar que la conquista se escribió, en buena medida, con los sueños de los conquistadores y no con la realidad de los pueblos que encontraron.
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Fuentes
- Museo del Oro, Banco de la República: banrepcultural.org/museo-del-oro
- Rodríguez Freyle, Juan. El Carnero (c. 1636). Biblioteca Ayacucho.
- Wikipedia en español: Balsa muisca
- Wikipedia en español: Laguna de Guatavita
- Encyclopaedia Britannica: El Dorado
- Hemming, John. The Search for El Dorado. Londres: Michael Joseph, 1978.
Preguntas frecuentes
¿Qué era realmente El Dorado?
Originalmente, el nombre del cacique muisca que se cubría de polvo de oro en un ritual en la laguna de Guatavita. Después los europeos lo transformaron en una ciudad o reino de oro.
¿Dónde está la laguna de Guatavita?
En jurisdicción de Sesquilé, cerca del pueblo de Guatavita, en Cundinamarca, Colombia, a unas dos horas de Bogotá. Es una reserva protegida.
¿Dónde se puede ver la balsa muisca?
En el Museo del Oro del Banco de la República, en Bogotá. Fue hallada en 1969 en una cueva de Pasca, Cundinamarca.
¿Se ha sacado oro de Guatavita?
Sí, en pequeñas cantidades. Antonio de Sepúlveda en el siglo XVI y una empresa británica a comienzos del siglo XX intentaron drenarla, con hallazgos modestos.
