Advertencia:
Este texto aborda el tema del suicidio desde una perspectiva reflexiva. Si estás pasando por un momento difícil o tienes pensamientos suicidas, por favor busca ayuda. Habla con alguien de confianza o comunícate con una línea de atención especializada. Tu vida importa. Este relato no promueve ni glorifica el suicidio; su propósito es explorar, con respeto, el estado mental de una persona en crisis.
Segunda advertencia:
Esta es una reflexión literaria sobre la muerte, la pérdida y el absurdo de la existencia. No apto para lectores sensibles.
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Hoy desperté y me pregunté:
¿cuántos días más faltan?
Dentro de unos meses cumpliré cincuenta años, y no recuerdo un solo día completo de felicidad.
Trozos sí. Días, no.
La memoria es una secuencia rota de pérdidas. Primero fueron las mascotas. Luego Luis Manuel, mi primer amor. Teníamos catorce. Él murió en un accidente, lento, consciente, cuadripléjico. Lo vi en la UCI. Solo recuerdo su mirada… y una lágrima que dibujó un surco en su mejilla. A las horas, murió.
No me volví a enamorar.
¿Para qué? ¿Qué sentido tiene encariñarse con alguien que, de cualquier manera, algún día se irá?
A veces me preguntó por qué esa lágrima, pero no tengo forma de saber la respuesta. De lo que más resiento de la muerte, es su silencio cruel e insondable.
Desde que murió Luis Manuel, todo ha sido descenso.
Luego murieron mis abuelos. Mi padre. Mi hermano. Leidys, mi amiga del alma, llena de vida, risueña, luminosa. También se fue.
Yo sigo aquí.
Padeciendo esta vida que no quiero.
Una vida que no pedí. Una vida que ni siquiera sabría cómo diseñar si me dieran otra oportunidad.
Miro las vidas ajenas y ninguna se me antoja.
¿Y si me hubiese tocado una vida feliz?
¡Qué aburrido! —me digo para consolarme—.
¿Quién me entiende? No me atrae el caos, pero tampoco me entretiene la perfección.
Por eso, ante lo absurdo de tener que elegir entre el caos y la perfección, he llegado a una conclusión:
No quiero el cielo.
Ni el infierno.
Ni la reencarnación.
Ni un juicio final.
Quiero la nada.
La nada me cautiva. Me seduce la idea de no ser.
Ese lugar (o no-lugar) donde no existe el bien, ni el mal, ni lo blanco, ni lo negro, ni los matices.
Nada.
Dios.
El omnipotente, el arquitecto del universo…
pero incapaz de escribir su propio libro.
Tuvo que “inspirar” a hombres llenos de prejuicios que escribieron que la menstruación era impura, o que meterse cosas en el ano era un pecado mortal.
Si ese es Dios, es un miserable. Me niego a creer en el Dios de Deuteronomio, de Levíticos, de Corintios y de Efesios.
Mi primera blasfemia fue el día que murió mi madre.
¡Ay, mi madre!
Ese domingo se levantó temprano para ir a misa. Se puso las zapatillas que yo le había regalado. No sabía que sería la última vez.
Un hombre borracho, una piltrafa humana, la atropelló. La destruyó.
Yo llegué al lugar —al que por supuesto no volví— y la encontré desmembrada.
Las moscas como carroñas.
Los curiosos tomando fotos para alimentar el morbo.
El borracho sin noción de su crimen.
Y yo… sin alma.
Mi madre decía que el que da y quita, con el Diablo se desquita.
Y Dios nos da la vida solo para quitárnosla.
¿Y si Satanás tuvo razón al rebelarse?
Quizás el malo siempre fue el bueno, y nos engañaron.
He pensado muchas veces en irme.
Lo he planeado.
Pero no lo hago. No por miedo al infierno, ni por fe.
Sino por cosas pequeñas. Ridículas.
¿Quién le dará de comer a Mateo?
Mi gato. Mi compañero. Mis cinco minutos de vida extra cada día.
Sus ojos azules me atan. Muero de amor cada vez que lo siento ronronear.
Cuando lo miro, pienso:
Nada de lo que vive debería morir.
Y sin embargo, todo muere.
Y yo sigo aquí.
No por fe.
Ni por esperanza.
Sigo por el gato.
Y por las plantas.
Y por la costumbre de escribirle cartas a la nada.