El nenúfar gigante que se descubrió por Instagram (y la familia de plantas que, se dice, inspiró el Palacio de Cristal)

Hay plantas que se descubren con machete y libreta. Esta se descubrió con el pulgar, deslizando fotos en Instagram. Y se confirmó a la una de la mañana, en una lancha que avanzaba a oscuras por la selva inundada del Guainía, contra el reloj de un vuelo que salía a las nueve.

Se llama Victoria colombiana. Es un nenúfar gigante, de la misma familia de esas hojas redondas como bandejas que todos hemos visto en fotos del Amazonas, y es nueva para la ciencia: la revista Phytotaxa la describió en su volumen 778, con fecha de publicación del 7 de octubre de 2026, según el Índice Internacional de Nombres de Plantas. Los Jardines Botánicos Reales de Kew lo anunciaron el 9 de octubre. Va este hilo, porque la historia lo merece: tiene redes sociales, satélites, un baquiano genial, una reina, un duque, un palacio de vidrio y una mala noticia al final.

Datos clave

  • Nombre: Victoria colombiana Magdalena, Bernal-Rodr. & Christenh., descrita en Phytotaxa 778(2) (2026).
  • Dónde: lagos cercanos al río Inírida, en Guainía, en la cuenca alta del Orinoco. El ejemplar tipo se recolectó el 28 de julio de 2024 en el Lago Cejal, Resguardo Indígena El Paujil.
  • Tamaño: hojas de hasta 2 metros de diámetro, según Kew; BBC Mundo habla de hasta 2,5 metros.
  • Cuántas quedan: entre 30 y 50 plantas silvestres, según los investigadores.
  • Estado: el equipo trabaja en una evaluación para la Lista Roja de la UICN como «en peligro crítico».
  • Sus parientes: V. amazonica, V. cruziana y V. boliviana, descrita en 2022.

1. Una foto que nadie entendió

Hace unos cinco años, Carlos Magdalena, horticultor asturiano del Real Jardín Botánico de Kew, en Londres, y uno de los mayores expertos en nenúfares del mundo, vio en Instagram unas fotos tomadas en la región de Inírida. Las había subido Jeremiah Harris, un estadounidense que tiene un vivero de plantas carnívoras y que, según Kew, identificó la planta como la común Victoria amazonica.

A Magdalena algo no le cuadró. No había registros de Victorias en la cuenca del Orinoco. Y el detalle tiene su ironía: según contó a BBC Mundo, él estaba a punto de publicar otra especie nueva, la boliviana, cuando vio la foto. Ese es el problema de saber mucho de algo: uno empieza a ver lo que los demás pasan de largo.

2. La confirmación vino del espacio

Para salir de dudas, Magdalena hizo lo que haría cualquiera de nosotros con un lugar que no conoce: abrió los mapas satelitales. Recorrió el Inírida y sus lagos hasta que vio, desde el cielo, varias hojas de Victoria de una misma planta. Ahí estaban. Luego llamó a Mauricio Bernal, del Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, una institución que, según la Alcaldía de Bogotá, cultiva especies de este género desde los años setenta.

Atardecer sobre el río Inírida con una lancha a lo lejos y vegetación en primer plano
Atardecer en el río Inírida (Guainía), en la cuenca alta del Orinoco, la región donde vive la Victoria colombiana. Foto: Cristian David Franco Muñoz, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

3. Los que ya sabían

Aquí entra la parte que más me gusta. La planta era nueva para la ciencia, pero no para todo el mundo. Nilo Rodríguez, Jaime Hernández y Gustavo Melo, de los resguardos del río Atabapo, Caranacoa-Yurí-Laguna Morocoto y Puinave-Piapoco El Paujil, la conocían. Según Kew, Rodríguez sabía de esos nenúfares desde la infancia, aunque no recordaba haber visto muchos. Según la Alcaldía de Bogotá, los tres tienen una empresa de turismo de naturaleza que ya ofrecía visitas a las Victorias silvestres. Lo que para unos era el paisaje de siempre, para otros era un hallazgo de primera plana.

4. Cinco días sin flor

La expedición tardó casi dos años en organizarse. Salieron cinco días por los ríos Inírida y Guaviare y encontraron apenas dos plantas, ninguna en flor. Eso era un problema serio: para describir una especie hace falta un ejemplar de herbario fértil, y fértil quiere decir con flor. Además, el agua estaba alta y las plantas parecían sufrir con una temporada de lluvias tardía e intensa.

5. La lancha de la una de la mañana

La víspera del regreso, a las once de la noche, Magdalena le contó su angustia al lanchero de la expedición, Gustavo Melo, de la comunidad tucano, famosa por su pericia para navegar. Melo le dijo que sabía exactamente dónde había más. A la una de la mañana salieron en dirección contraria al aeropuerto, selva adentro. «Un genio de la navegación que se mueve por allí como quien recorre su casa con las luces prendidas», lo describió Magdalena en BBC Mundo.

Justo antes del amanecer llegaron a un lago pequeño en medio de la selva. Había cinco plantas más, y una estaba en flor. En total documentaron siete plantas en dos lagos y llegaron al aeropuerto a tiempo. Después, un análisis con sistemas de información geográfica de Carlos A. Pedraza-Penalosa, de DreamGIS Colombia, reveló un tercer lago con Victorias. Los ejemplares de herbario quedaron en el Jardín Botánico de Bogotá, con el taxónomo Maarten Christenhusz como supervisor del trabajo de descripción.

En el medio de una selva donde no llegas tú, en el medio de la noche que no la puede ver nadie, se abre esta flor que sale del agua, huele a piña y atrae a escarabajos.

Carlos Magdalena, en declaraciones a BBC Mundo (16 de octubre de 2026)

6. Flashback: la reina, el duque y la primera flor

Para entender por qué un nenúfar es noticia en Londres hay que viajar a 1837, el año en que Victoria subió al trono británico. Ese año, según el propio Kew, el explorador Robert Schomburgk encontró en la Guayana Británica una planta acuática descomunal. El botánico John Lindley la identificó como un género nuevo y la bautizó Victoria regia, en honor de la reina. Hoy la llamamos Victoria amazonica. Kew recuerda que los nenúfares gigantes ya se habían descubierto en Bolivia, en 1801.

Lámina botánica de 1851 con la flor blanca abierta de la Victoria regia sobre sus hojas
Flor abierta de la Victoria regia (hoy Victoria amazonica), lámina de Walter Hood Fitch publicada en 1851. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Inglaterra enloqueció. Lindley publicó un folio de apenas 25 ejemplares para la élite, pero la prensa popular de a centavo tituló «Una maravilla vegetal», y la historia se vendía, dice Kew, a la par de las entregas de Dickens. Hubo intentos fallidos de traer semillas en 1846 y 1848. En febrero de 1849 llegaron por fin unas que viajaron en agua limpia. Kew las germinó, pero la gloria se la llevó Joseph Paxton, el jardinero del duque de Devonshire, que construyó un tanque con agua caliente en Chatsworth. Allí floreció la primera Victoria de Inglaterra, en noviembre de 1849. La primera flor fue para la reina.

7. La hoja que, se dice, inspiró un palacio

Si uno le da la vuelta a una hoja de Victoria encuentra un entramado de nervaduras que sostiene un peso enorme con muy poco material. Bernal se lo mostró al corresponsal de BBC Mundo en el Jardín Botánico de Bogotá, que lo resume así: un ejemplo de cómo la naturaleza da pistas para soportar estructuras con la menor cantidad de materiales. Paxton, que además de jardinero era constructor de invernaderos, diseñó después el Palacio de Cristal para la Gran Exposición de Londres de 1851. Kew cuenta que se dice que la hoja inspiró ese diseño. Así, con el «se dice», porque es más leyenda bien fundada que hecho probado.

Collage de tres paneles: lámina de Victoria regia de 1851, interior del Palacio de Cristal de Londres y tarjeta tipográfica de la Victoria colombiana
Tres momentos de la reina de los nenúfares: lámina de W. H. Fitch (1851), el Palacio de Cristal en una litografía de John Absolon (1851) y la Victoria colombiana (2026). Imágenes: dominio público y dominio público (V&A), vía Wikimedia Commons; tarjeta tipográfica y collage: codiguillos.com (CC BY-SA 4.0).

Lo que sí está probado es el efecto en el público. Kew pasó de unos 15.000 visitantes al año en 1844 a 240.000 en 1851, gracias a la planta, a los nuevos ómnibus desde la ciudad y a las ganas de aire fresco de los londinenses. En 1852 terminó de construir una casa de vidrio solo para ella, la Waterlily House, que hoy está cerrada por restauración hasta la primavera de 2027.

8. La familia crece: Bolivia en 2022, Colombia en 2026

Durante casi dos siglos se habló de dos especies, la amazónica y la cruziana. En 2022, un equipo de Kew describió la Victoria boliviana, la más grande del género: sus hojas alcanzan los tres metros, y sus flores duran 48 horas, blancas la primera noche y rosadas la segunda, antes de hundirse. Ahora llega la colombiana, con hojas de hasta dos metros que se pueden ver desde el espacio. Bernal confía en que estas plantas, tan remotas, revelen algo de la historia de los ríos suramericanos: «Estudiándolas a fondo obtienes pistas de cómo se formó todo el continente», le dijo a BBC Mundo.

Estanque con hojas de Victoria regia frente a una construcción de madera en Leticia, Amazonas
Nenúfares del género Victoria en el sitio de la Victoria regia, en Leticia (Amazonas, Colombia): la amazónica ya era vecina conocida; la colombiana vivía escondida en el Orinoco. Foto: Aliman5040, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.

9. La mala noticia

El equipo calcula que quedan entre 30 y 50 plantas silvestres. Por eso trabaja en una evaluación oficial para la Lista Roja de la UICN con la categoría de «en peligro crítico». Los científicos temen que las fluctuaciones rápidas del agua, ligadas al clima, la pongan en aprietos: «Es preocupante para una especie que no tiene la vida de un árbol», dijeron a BBC Mundo. Una especie descubierta y amenazada en la misma semana: así de tarde llegamos a veces.

10. Lo que viene

Hay planes. Recoger semillas para cultivarla en Bogotá; quizá algún día en Kew, junto a sus primas. Y una idea que me parece la mejor de todas: crear una población naturalizada en un lago más accesible dentro de territorio indígena, para protegerla y, de paso, sostener un ecoturismo comunitario. Que la planta les dé de vivir a quienes la cuidaron antes de que la ciencia supiera que existía.

Pienso en la reina Victoria recibiendo su primera flor en 1849, en Paxton con su tanque caliente, en los londinenses haciendo fila. Y pienso en Gustavo Melo navegando a ciegas por un río negro a la una de la mañana. Ciento setenta y siete años separan esas dos escenas. Las une una flor que se abre de noche, que nadie ve y que huele a piña. Ojalá no tengamos que contar dentro de veinte años que también la perdimos.


Fuentes

Compartir X WhatsApp Facebook