Gran parte de la tragedia que hoy vive Venezuela comenzó con el golpe que derrocó a Isaías Medina Angarita.
Un militar que gobernó como civil —y que además, gobernó bien—. No era autoritario. Gobernó con apertura, con visión, con diálogo. Pero en la Venezuela de mediados del siglo XX, la manzana de la discordia era el modelo político.
Algunos pedían una democracia más abierta y participativa; otros, en cambio, creían que el país aún no estaba preparado para ella.
¿El resultado?
Un golpe militar con apoyo político —incluido el de Acción Democrática— que truncó un gobierno que tenía buenos resultados y que prometía una transición que pudo haber sido ejemplar.
Sin embargo, ese nuevo gobierno de facto convocó elecciones, y los venezolanos eligieron a don Rómulo Gallegos.
Pero aquella joven democracia duró poco: en apenas nueve meses, fue barrida por otro golpe militar. Así comenzó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.
En más de dos siglos de historia republicana, Venezuela sólo ha vivido cuarenta años en democracia. La constante, por desgracia, ha sido la dictadura.
Pero hay que decirlo: entre las dictaduras del siglo XX y la tiranía que hoy mancilla el honor republicano de Venezuela, hay un abismo. Venezuela, durante la hegemonía andina (1908–1958), vivió el inicio del auge petrolero y, con él, un proceso de modernización nacional. Muy distinto al chavismo, que con muchísimo más dinero, logró lo imposible: empobrecer a uno de los países más ricos en petróleo del mundo.
Y no dejo de pensar que si aquel golpe contra Medina no hubiera ocurrido, tal vez —solo tal vez— hoy contaríamos una historia muy distinta. Una historia más libre, más justa, más nuestra.