El Narcisista

Una frase de Isabel Allende tambaleó mi forma de mirar la existencia.
Parafraseando, decía que uno viene al mundo a perderlo todo.

Y es verdad. Perdemos a los abuelos, a las mascotas, los dientes de leche y la inocencia. Perdemos los primeros amores que creímos eternos, y a los amigos que juramos incondicionales. Se van los padres. Se van las parejas. Y a veces, lo más cruel: se van los hijos.

La vida es, en el fondo, una preparación constante para perder. Hasta que un día, solo quedamos nosotros.

Allende, con su optimismo habitual, matizó la frase. Pero no por eso dejó de nombrar una verdad incómoda: vivir es ir soltando, poco a poco, todo lo que amamos.

Y entonces pienso en el narcisista. En su aparente egoísmo. En su mundo cerrado que gira alrededor de sí mismo.
¿Y si no fuera arrogancia, sino autodefensa?
Quizás el narcisista sufrió tanto la pérdida, que aprendió a vivir con una sola prioridad: él mismo.
Se blindó para no sentir más el dolor de perder. Ni la cólera que viene después.

Al final, tal vez tenga razón. Porque cuando todo se ha ido, lo único que queda somos nosotros. Y es con uno mismo con quien hay que aprender a estar, hasta el último latido. Y quizás más allá.

Hoy, comprendo al narcisista.
Y pienso: quizá todos deberíamos aprender a ser un poco como él.

Guillo.
12 de julio de 2025

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