Me llamaron transfóbico

Amo a las mujeres trans. De verdad lo digo, sin ápice de sarcasmo. Las admiro por la valentía de despojarse de una masculinidad que, tantas veces, se convierte en una cárcel. Me parece casi un acto artístico: un hombre que decide, con voluntad férrea, abrazar la feminidad. Hay algo poético en esa metamorfosis, una declaración de independencia frente a los cánones tradicionales.

Pero, aquí viene la parte donde mi mente —obstinada, conservadora, quizás de piedra— me juega una trampa: por más esfuerzo que haga, no puedo verlas como mujeres biológicas. Y no, no es odio; es semántica, es biología, es lógica. Porque si fueran mujeres biológicas, ¿para qué usar el prefijo “trans”? No es insulto, es simple taxonomía: si las llamamos “trans” es porque su experiencia vital es distinta.

Y aquí es donde algunos me tildarán de retrógrado por decir que la biología sigue existiendo, aunque tengamos Photoshop legal para nuestros documentos. Pero vamos a llevar la lógica al extremo: si mañana decido que detesto haber nacido en marzo, ¿puedo cambiar legalmente mi fecha de nacimiento para ser Tauro y no Piscis? Si me siento atrapado en mi color de piel, ¿debo obligar al mundo a verme de otro tono? ¿Si no me siento de mi país, puede Estados Unidos reconocerme como ciudadano por mera autopercepción?

Sé que estas comparaciones suenan absurdas, pero justamente ilustran lo que quiero decir: el derecho a sentirnos distintos no debería convertirse en una obligación para que el mundo entero adopte nuestra percepción como verdad universal.

Repito: defiendo a las mujeres trans. Me indigna, profundamente, que en pleno siglo XXI haya personas que mueren en las calles víctimas del machismo y la homofobia. Creo que cada ser humano merece vivir sin ser perseguido por cómo viste, habla o ama. Pero defender su derecho a existir no implica que yo deba suspender mi sentido común ni rendirme ante una metafísica burocrática que pretende convertir las emociones en hechos biológicos.

Porque, al final, aunque yo logre que en mi cédula diga que soy Tauro, seguiré siendo Piscis. Y aunque mañana alguien consiga papeles, cirugías y toda la parafernalia para sentirse mujer, seguirá siendo —biológicamente hablando— una mujer trans. Que no es un insulto. Es, simplemente, lo que es.

¿La solución? Respeto sin imposición. Empatía sin dogmas. Y aceptar que, aunque todos merecemos dignidad, no todos estamos obligados a editar la realidad al antojo de los demás.

Comparte este artículo

Te puede interesar

El diálogo

—Entonces, ¿buscas un amigo?—No. Los amigos no se desean. Yo quiero deseo, intensidad, lujuria… que nuestros cuerpos se busquen como si no existiera el mañana.

Leer más »

El Narcisista

Una frase de Isabel Allende tambaleó mi forma de mirar la existencia.Parafraseando, decía que uno viene al mundo a perderlo todo. Y es verdad. Perdemos

Leer más »