No lo niego: se me hace seductora la idea de poseer y ser poseído.
Eres mío, eres mía. Soy tuyo, soy tuya.
Aún miro por la ventana, esperando que eso que llaman alma gemela —el amor verdadero— se asome y toque mi puerta.
Lo sueño: que llegue como el complemento perfecto, como el viento que sacude esta vida polvorienta.
¡A la mierda Walter Riso!
Yo quiero un amor posesivo, intenso, apegado.
¿Que el apego hace sufrir? ¿Y qué?
¿No es el sufrimiento una de las constantes de ser humano?
Entonces quiero vivir como vivo: apegado, sí, pero vivo.
Ya no creo en la astrología… o eso digo.
Pero acepto que me parezco demasiado a lo que las cartas han dicho de mí:
Piscis con ascendente en Cáncer.
Ambos signos son agua. Ambos familia. Ambos drama. Ambos amor.
Una combinación que a veces me desborda.
Desde que tengo uso de razón, he vivido enamorado.
De amores platónicos, imposibles, idílicos…
De muchos que no me amaron de vuelta.
Y de muchos que no amé como merecían.
La vida es un largo viaje que vale la pena hacer acompañado.
Un viaje en un mundo inhóspito, caótico, absurdo, cruel.
Y sí, tengo miedo.
Miedo de recorrer todo el camino y que nadie se haya sentado a mi lado.
Aunque la moda de estos tiempos sea reprimir el miedo.
Porque sentir miedo —dicen— no es de hombres. Es de cobardes.
Pero ya me cansé de fingir que soy valiente. A veces no soy un hombre, soy ese niño que aún se siente indefenso ante el monstruo que habita debajo de su cama, pero que el tiempo con su estrago obligó a crecer.
A veces sueño con un amor como el de Armando Reverón y Juanita:
un amor ermitaño, intenso, creativo,
vivido en una casa de paja y madera, a la orilla del Caribe.
Ella pidió morir en esa misma casa,
donde él ya había muerto unos meses antes.
Pero la astrología, como la vida, es contradictoria.
Y ahí, entre tanta agua y emoción,
aparece Sagitario como mi luna.
El fuego que arde en silencio.
La voz interior que me empuja a buscar sentido más allá del amor.
Sagitario me recuerda que también necesito espacio, me recuerda que no soy propiedad de nadie, y que nadie es de mi propiedad.
Me recuerda que no todo lo que se ama se retiene.
Que el amor más profundo no siempre está en la fusión,
sino en la libertad compartida.
Si Piscis y Cáncer me hacen soñar con un amor como el de Reverón y Juanita,
Sagitario me susurra que merezco un final como el de Nietzsche:
solo, incomprendido, desbordado, pero libre.
Y así ando:
entre el deseo de quedarme y el impulso de volar.
Entre el miedo a estar solo y la sed de descubrirlo todo.
Entre Piscis, Cáncer…
y esa luna sagitariana que nunca me deja anclar del todo.