—Entonces, ¿buscas un amigo?
—No. Los amigos no se desean. Yo quiero deseo, intensidad, lujuria… que nuestros cuerpos se busquen como si no existiera el mañana. Que nuestras manos se enreden y que cada célula se funda en una orgía silenciosa de vida.
—Mmm… ¿un amigo con derechos?
—Tampoco. Los amigos con derechos se visten y se van. Yo quiero quedarme después, sentir su abrazo, hundir mi rostro en su pecho peludo como si fuera una almohada. Quiero el olor de su piel húmeda, la aspereza de su sudor que huele a hombre, a fuerza, a refugio. Quiero que su aroma me quede impregnado como una marca invisible. Y quiero, además, sus “te amo”, sus caricias lentas, sus brazos que me envuelven mientras el mundo se detiene. Eso, un amigo con derechos no lo da.
—Entonces… ¿un novio?
—No. No estoy para noviazgos pasajeros. Tengo 35, el tiempo corre. Quiero hijos, un hogar, un proyecto de vida real. Sí, estoy desesperada. Ya recorrí media vida sola y quiero que la otra mitad sea acompañada. Quiero un compañero de viaje.
—Entonces, lo que quieres es un esposo.
—No. No me gusta esa palabra. Esposo suena a cadenas. Yo no quiero atar a nadie, ni que me aten a mí. Quiero a alguien libre, como un canario que pueda volar alto, cruzar cielos y mangos, y que siempre elija volver a mi jardín, no porque deba… sino porque quiere.
—Entonces… ¿buscas un amigo?
Guillo
Julio 18, 2025

Me llamaron transfóbico
Amo a las mujeres trans. De verdad lo digo, sin ápice de sarcasmo. Las admiro por la valentía de despojarse de una masculinidad que, tantas