No. El Concilio de Nicea (año 325) no prohibió ni eligió libros de la Biblia: sus veinte cánones no mencionan las Escrituras. El concilio se reunió para resolver la crisis arriana sobre la divinidad de Cristo y la fecha de la Pascua. La primera lista con los 27 libros del Nuevo Testamento actual aparece en 367, en la Carta Festal 39 de Atanasio de Alejandría, y fue respaldada por sínodos africanos en Hipona (393) y Cartago (397).
La idea de que en Nicea un grupo de obispos, por orden del emperador Constantino, decidió qué evangelios entraban y cuáles se quemaban es una de las ideas falsas más difundidas sobre el cristianismo antiguo. Está en foros, en documentales y en un best seller que vendió decenas de millones de ejemplares. Vale la pena ver qué dicen los documentos.
¿Qué se decidió realmente en el Concilio de Nicea?
Constantino convocó a los obispos en Nicea, en Bitinia (hoy İznik, Turquía), en el verano de 325. El problema urgente era Arrio, un presbítero de Alejandría que sostenía que el Hijo era una criatura del Padre. El concilio respondió con el credo que incluye la palabra griega homoousios («de la misma sustancia que el Padre») y condenó a Arrio.
Además, aprobó una serie de normas disciplinarias, los veinte cánones de Nicea. Hablan de los eunucos que quieren ser clérigos (canon 1), de la autoridad del obispo de Alejandría sobre Egipto (canon 6), de los clérigos que prestan con usura (canon 17) y hasta de que los fieles deben orar de pie, y no de rodillas, los domingos y en Pentecostés (canon 20). Ninguno contiene una lista de libros sagrados ni prohíbe un solo evangelio.
¿De dónde salió el mito de Nicea y la Biblia?
El mito tiene varias capas. La más antigua es una leyenda medieval recogida en el llamado Synodicon Vetus o Libellus Synodicus, un texto griego muy posterior al concilio: según ese relato, los obispos colocaron todos los libros junto al altar y, tras orar, los auténticos quedaron arriba y los falsos abajo. Voltaire se burló de esa historia en el siglo XVIII y le dio fama ilustrada. Es una leyenda, no un acta.
Hay un segundo hilo, más curioso. En el prólogo a su traducción del libro de Judit, escrito hacia 398, san Jerónimo dice que «se lee que el Sínodo de Nicea contó este libro entre las Sagradas Escrituras». Nadie ha encontrado ese documento; Jerónimo transmite un rumor, y en todo caso habla de incluir un libro, no de prohibir otros. Puede leerse en la traducción de Andrew S. Jacobs.
La tercera capa es moderna. En El código Da Vinci (2003), el personaje Leigh Teabing afirma que la Biblia como la conocemos fue compilada por Constantino. La novela es ficción, pero esa escena hizo más por la creencia popular que cualquier historiador.
¿Qué hizo Constantino con la Biblia?
Algo mucho menos dramático. Eusebio de Cesarea, contemporáneo y biógrafo del emperador, copia en su Vida de Constantino (IV, 36) una carta en la que Constantino le encarga cincuenta copias de las Sagradas Escrituras, en pergamino, «fáciles de leer», para las iglesias de su nueva capital, Constantinopla. Ocurrió hacia el año 331, años después de Nicea. La carta no dice qué libros debían contener: da por hecho que Eusebio lo sabe.
¿Cómo era el «canon» antes de Nicea? Lo que cuenta Eusebio
La mejor fotografía de cómo estaba el debate en esa época es también de Eusebio. En su Historia eclesiástica (III, 25), escrita en las primeras décadas del siglo IV, clasifica los libros en tres grupos:
- Reconocidos (homologoumena): los cuatro evangelios, Hechos, las cartas de Pablo, 1 Juan y 1 Pedro.
- Discutidos (antilegomena), aunque conocidos por muchos: Santiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan.
- Espurios: los Hechos de Pablo, el Pastor de Hermas, el Apocalipsis de Pedro, la Carta de Bernabé y la Didaché. Al Apocalipsis de Juan lo pone, con dudas, en una u otra lista.
Aparte menciona textos como los evangelios de Pedro, Tomás y Matías, que considera obra de herejes. El dato importa porque demuestra que el proceso no fue un decreto, sino un consenso lento, construido a partir del uso litúrgico en las iglesias durante dos siglos.
¿Qué dice la Carta Festal 39 de Atanasio (367)?
Cada año, el obispo de Alejandría enviaba a las iglesias de Egipto una carta para anunciar la fecha de Pascua. En la de 367, Atanasio aprovechó para enumerar «los libros incluidos en el canon». Es el primer documento que conocemos con exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento actual: cuatro evangelios, Hechos, siete cartas católicas, catorce de Pablo (contando Hebreos) y el Apocalipsis.
Su frase más citada es tajante: «Que nadie añada nada a estos, ni quite nada de ellos». Pero la carta tiene detalles que rara vez se cuentan. Su Antiguo Testamento incluye a Baruc y la Carta de Jeremías, pero deja fuera a Ester, que ubica junto con Sabiduría, Sirácida, Judit, Tobías, la Didaché y el Pastor de Hermas entre los libros «no incluidos en el canon» pero recomendados para la lectura de los catecúmenos. Es decir: incluso en 367 los bordes del canon seguían en discusión.
También se sabe por qué la escribió: Atanasio advierte contra los libros «apócrifos» que circulaban con nombres parecidos a los auténticos. Desde 1945 se especula con que los monjes de la región de Nag Hammadi enterraron sus códices gnósticos tras recibir directivas como esta, aunque es una hipótesis y no un hecho probado.
¿Qué decidieron los concilios de Hipona (393) y Cartago (397)?
En el norte de África, un concilio reunido en Hipona en 393, en tiempos en que Agustín era presbítero allí, aprobó una lista de Escrituras. Sus actas originales se perdieron; se conservan a través de un resumen, el Breviarium Hipponense, que fue leído y confirmado en el Concilio de Cartago del 28 de agosto de 397. La lista coincide en el Nuevo Testamento con la de Atanasio, e incluye en el Antiguo los libros que hoy los protestantes llaman deuterocanónicos o apócrifos: Tobías, Judit, Sabiduría, Sirácida y los dos de Macabeos.
Eran sínodos regionales, no ecuménicos. Para la Iglesia católica, la definición dogmática definitiva llegó en el Concilio de Trento, en 1546, como respuesta a la Reforma. Las iglesias ortodoxas y protestantes tienen, hasta hoy, listas distintas para el Antiguo Testamento.
Mito y realidad: resumen rápido
- Mito: Nicea eligió los evangelios. Realidad: los cánones de Nicea no tratan de la Biblia; los cuatro evangelios ya eran reconocidos como autoridad desde el siglo II, como atestigua Ireneo de Lyon hacia 180.
- Mito: Constantino quemó evangelios alternativos. Realidad: sí ordenó destruir escritos de Arrio, pero eran tratados teológicos, no evangelios.
- Mito: la Biblia se cerró de un solo golpe. Realidad: fue un proceso de siglos, con listas que difieren entre sí.
Algo parecido ocurre con otra leyenda del mismo período: la que dice que el emperador Justiniano eliminó la reencarnación del cristianismo. La analizamos en Justiniano y la reencarnación: lo que de verdad prohibió el emperador. Y si te interesan los textos que quedaron fuera, revisa qué dice realmente el Evangelio de Judas y por qué María Magdalena no era prostituta.
Preguntas frecuentes
¿El Concilio de Nicea eligió los libros de la Biblia?
No. Los veinte cánones del Concilio de Nicea (325) no contienen ninguna lista de libros sagrados. El concilio trató la controversia arriana, el credo y asuntos disciplinarios.
¿Quién decidió qué libros entraban en la Biblia?
Fue un proceso gradual basado en el uso de las iglesias. La primera lista con los 27 libros del Nuevo Testamento es la Carta Festal 39 de Atanasio (367), y los sínodos de Hipona (393) y Cartago (397) aprobaron listas similares.
¿Constantino escribió o cambió la Biblia?
No. Según Eusebio, hacia 331 encargó cincuenta copias de las Escrituras para las iglesias de Constantinopla, pero no hay documentos de que fijara su contenido.
¿Qué es la Carta Festal 39 de Atanasio?
Es la carta pascual que el obispo Atanasio de Alejandría envió en 367 a las iglesias de Egipto. En ella enumera los libros canónicos y advierte contra los apócrifos.
¿Cuándo se cerró definitivamente el canon bíblico?
Para la Iglesia católica, en el Concilio de Trento (1546). Ortodoxos y protestantes mantienen listas distintas del Antiguo Testamento.
Imagen de portada: «El Primer Concilio Ecuménico», pintura anónima de hacia 1700 de la Catedral de Santa Sofía. Dominio público, vía Wikimedia Commons (Google Art Project).
