Juliano el Apóstata: el último emperador pagano de Roma

Juliano el Apóstata (331-363) fue el último emperador romano pagano: educado como cristiano, renegó de esa fe, intentó restaurar el culto a los dioses tradicionales y murió en combate contra los persas el 26 de junio de 363, tras solo veinte meses como emperador único. La Iglesia le dio el apodo de «Apóstata», el que abandona la fe. Su famosa última frase, «¡Venciste, Galileo!», es casi con seguridad una leyenda.

Su reinado fue breve, pero dejó preguntas que todavía se discuten: ¿persiguió de verdad a los cristianos? ¿Por qué quiso reconstruir el Templo de Jerusalén? ¿Quién lo mató?

¿Quién fue Juliano el Apóstata?

Flavio Claudio Juliano nació en Constantinopla, probablemente en 331. Era sobrino de Constantino el Grande, el emperador que había favorecido al cristianismo. Fue además la primera persona documentada nacida en la ciudad tras su refundación como capital.

Su infancia estuvo marcada por la violencia familiar. En 337, tras la muerte de Constantino, su padre fue ejecutado en las purgas que siguieron, y Juliano quedó bajo la vigilancia de su primo, el emperador Constancio II. A los siete años quedó bajo la tutela de Eusebio, obispo de Nicomedia, y tuvo como maestro a Mardonio, un eunuco godo del que más tarde escribió con afecto. En 342 fue enviado con su hermanastro Galo a Macelo, una finca imperial en Capadocia, una especie de exilio dorado.

¿Por qué se le llama «el Apóstata»?

Porque, después de recibir una educación cristiana, abrazó el neoplatonismo y los cultos tradicionales griegos y romanos. El giro se produjo en su juventud, al entrar en contacto con filósofos como Máximo de Éfeso, un teúrgo al que se atribuían prodigios: según un relato antiguo, en el templo de Hécate hizo sonreír a una estatua de la diosa y encendió sus antorchas con un himno. Durante años, Juliano ocultó su conversión.

El apodo de «Apóstata» se lo pusieron los autores cristianos. Él, por su parte, llamaba a los cristianos «galileos», para presentarlos como una secta local y no como una religión universal.

¿Cómo llegó Juliano a ser emperador?

Constancio II lo nombró césar, una especie de vicepresidente imperial, en 355 y lo envió a la Galia. Contra lo esperado, el joven filósofo resultó un buen general. En la batalla de Argentoratum (la actual Estrasburgo), con fuerzas muy inferiores en número, derrotó a una confederación de alamanes y capturó a su rey, Chnodomario. El historiador Amiano Marcelino, que combatió en la batalla, cuenta que los soldados quisieron proclamarlo augusto allí mismo y que él los reprendió.

En 360, sus tropas lo proclamaron emperador en Lutecia, la actual París, lo que desató una guerra civil con Constancio. No llegó a haber batalla: Constancio murió en 361 tras nombrar a Juliano su sucesor para evitar más derramamiento de sangre.

¿Persiguió Juliano a los cristianos?

No en el sentido de las persecuciones de Decio o Diocleciano. No hubo ejecuciones masivas por fe. Su estrategia fue otra: quitar al cristianismo sus privilegios y debilitarlo desde dentro.

  • El 4 de febrero de 362 promulgó un edicto de libertad religiosa que declaraba todas las religiones iguales ante la ley. Al permitir el regreso de obispos desterrados de facciones rivales, muchos interpretaron que buscaba reavivar las divisiones internas de la Iglesia.
  • Expulsó a los cristianos del ejército y les prohibió enseñar los textos clásicos. El historiador Teodoreto cuenta que Juliano lo justificaba con un proverbio: «nos disparan flechas emplumadas con nuestras propias plumas», porque los cristianos usaban los libros griegos para atacar a los griegos.
  • Promovió a paganos en los altos cargos y quiso crear una red de beneficencia pagana. Su queja es reveladora: «Esos impíos galileos no solo alimentan a sus pobres, sino también a los nuestros».

¿Por qué quiso reconstruir el Templo de Jerusalén?

En 363, poco antes de partir hacia Persia, autorizó a los judíos a reconstruir el Templo destruido por Roma en el año 70. El objetivo, según la mayoría de los historiadores, tenía más que ver con dañar al cristianismo que con favorecer a los judíos: los cristianos citaban la destrucción del Templo como cumplimiento de una profecía de Jesús, y reconstruirlo era desmentirla.

El proyecto fracasó. Amiano Marcelino, amigo del emperador y nada sospechoso de propaganda cristiana, escribió que «terribles bolas de fuego» brotaron junto a los cimientos y quemaron repetidamente a los obreros hasta que se abandonó la obra. Los historiadores modernos lo relacionan con el terremoto de Galilea de 363. Los autores cristianos, como Teodoreto, añadieron cruces luminosas en el cielo y en la ropa de los judíos.

¿Qué pasó en Antioquía?

Juliano pasó nueve meses en Antioquía, desde julio de 362, y fue un choque cultural. Los antioquenos, mayoritariamente cristianos y amantes de las carreras de carros, se burlaron de su barba descuidada y de su austeridad. Él respondió con el Misopogon, «El que odia la barba», una sátira en la que se ridiculiza a sí mismo para ridiculizar a la ciudad. Cuando el templo de Apolo en Dafne, cerca de la ciudad, ardió, sospechó de los cristianos y cerró la iglesia principal, aunque la investigación concluyó que el fuego había sido accidental.

Mito y realidad: «¡Venciste, Galileo!»

Mito: herido de muerte, Juliano llenó su mano de sangre, la arrojó al cielo y gritó: «¡Venciste, Galileo!», reconociendo la victoria de Cristo.

Realidad: la escena procede de Teodoreto de Ciro, que escribe casi un siglo después y la introduce con un prudente «se cuenta que». Los historiadores la consideran apócrifa. Lo que sí sabemos es que en marzo de 363 Juliano lanzó contra el Imperio sasánida el mayor ejército romano que jamás se había enfrentado a los persas. Tras una victoria frente a Ctesifonte, se adentró en Persia, sufrió problemas de abastecimiento y tuvo que retirarse. El 26 de junio de 363, cerca de Maranga, en Mesopotamia, una lanza le atravesó el hígado durante un ataque persa a su columna.

¿Quién la arrojó? Catorce años después, el retórico Libanio, amigo suyo, sugirió que fue un sarraceno, y el médico de Juliano, Oribasio, al examinar la herida, la atribuyó a una lanza de auxiliares lájmidas al servicio de Persia. La hipótesis de que lo mató uno de sus propios soldados cristianos circuló desde la Antigüedad, pero no puede probarse.

¿Qué quedó de su reinado?

Casi nada en lo político. Su sucesor, Joviano, tuvo que ceder territorios a Persia, incluida Nísibis, para salvar al ejército, y revocó los edictos contra los cristianos. El renacimiento pagano duró lo que duró Juliano.

En lo cultural, en cambio, su figura no ha dejado de crecer. Henrik Ibsen le dedicó el drama Emperador y galileo (1873); Nikos Kazantzakis, la tragedia Juliano el Apóstata (1945), y Gore Vidal, la novela Juliano (1964). Para unos fue un filósofo tolerante aplastado por la historia; para otros, un perseguidor con buenos modales. Su caso recuerda que la cristianización del Imperio, iniciada con Nicea y consolidada por emperadores como Justiniano, no fue un camino en línea recta.

Fuentes: Amiano Marcelino, Historia, libro XXIII; Teodoreto de Ciro, Historia eclesiástica, libro III (New Advent); Julian (emperor).

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Juliano el Apóstata?

Fue emperador romano de 361 a 363, sobrino de Constantino. Educado como cristiano, se convirtió al paganismo neoplatónico e intentó restaurar los cultos tradicionales.

¿Por qué se le llama «el Apóstata»?

Porque abandonó la fe cristiana en la que había sido educado. El apodo se lo dieron los autores cristianos.

¿Cómo murió Juliano el Apóstata?

Murió el 26 de junio de 363, herido por una lanza durante la retirada de su campaña contra Persia, cerca de Maranga, en Mesopotamia.

¿Dijo Juliano «Venciste, Galileo»?

Probablemente no. La frase aparece en Teodoreto, casi un siglo después, introducida con un «se cuenta». Los historiadores la consideran apócrifa.

¿Persiguió Juliano a los cristianos?

No con ejecuciones masivas. Les retiró privilegios, los apartó del ejército y les prohibió enseñar literatura clásica.

¿Por qué Juliano quiso reconstruir el Templo de Jerusalén?

Para desmentir la profecía de Jesús sobre su destrucción, que los cristianos usaban como prueba de su fe. El proyecto fracasó en 363.

Imagen de portada: «Juliano el Apóstata presidiendo una conferencia de sectarios», Edward Armitage, 1875 (Walker Art Gallery, Liverpool). Dominio público, vía Wikimedia Commons.

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