No, según el consenso de los historiadores. La papisa Juana, una mujer disfrazada de hombre que habría llegado a papa en el siglo IX y dado a luz en plena procesión, no aparece en ninguna fuente de su época. La leyenda surge unos cuatrocientos años después, en crónicas del siglo XIII, y no encaja en la cronología documentada de los papas.
Aun así, la historia fue creída durante siglos, se esculpió en una catedral y se usó como arma en las guerras de religión. Entender cómo nació y cómo se desmontó dice mucho sobre la forma en que se escribía la historia en la Edad Media.

¿Qué cuenta la leyenda de la papisa Juana?
La versión más difundida procede de la Crónica de los pontífices y emperadores del dominico Martín de Opava (Martinus Polonus), capellán papal que murió en 1278. En una de las redacciones de su obra se dice que, tras la muerte de León IV (847-855), ocupó la silla de Pedro un tal «Juan el Inglés, nacido en Maguncia» (Johannes Anglicus, natione Moguntinus) durante dos años, siete meses y cuatro días.
Según el relato, ese Juan era en realidad una mujer. De joven, su amante la habría llevado a Atenas vestida de hombre, y allí habría superado a todos en conocimiento. Después enseñó en Roma, se ganó el respeto de los sabios y fue elegida papa. Quedó embarazada de uno de sus servidores y dio a luz durante una procesión de San Pedro a Letrán, en una calle entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente. Murió allí mismo y allí fue enterrada. La crónica añade que los papas evitaban desde entonces esa calle en sus procesiones.
¿Cuál es la fuente más antigua sobre la papisa Juana?
Antes de Martín de Opava hubo una versión más breve. El dominico Jean de Mailly, en una crónica universal escrita en Metz hacia mediados del siglo XIII, habla de una mujer anónima que llegó a papa disfrazada de hombre hacia el año 1100. Al dar a luz durante una cabalgata, fue atada a la cola de un caballo, arrastrada por la ciudad y lapidada. Otro dominico, Esteban de Borbón (muerto en 1261), copió la historia en un tratado para predicadores.
Ninguno de estos autores da todavía el nombre de Juana; eso llega con Martín de Opava. Y, sobre todo, ninguna fuente de los siglos IX al XII menciona a una papisa, ni el Liber Pontificalis (la colección oficial de biografías papales) ni los cronistas de la época. Como resume la Catholic Encyclopedia (1910), resulta inverosímil que un hecho así pasara desapercibido para todos los historiadores durante más de tres siglos.
¿Por qué tantos creyeron que existió?
Porque la crónica de Martín de Opava fue un éxito editorial medieval, copiada en cientos de manuscritos y usada como manual por otros cronistas. Si lo decía un capellán de la curia, parecía fiable. En los siglos XIV y XV la papisa se daba por hecho:
- Giovanni Boccaccio la incluyó en De mulieribus claris (hacia 1361-1362), su colección de biografías de mujeres célebres.
- En la catedral de Siena, entre los bustos de los papas, figuraba uno identificado como la papisa. A finales del siglo XVI, a petición de Clemente VIII, se transformó en el papa Zacarías.
- En el Concilio de Constanza (1414-1418), Jan Hus la mencionó en su defensa y nadie le discutió que hubiera existido.
- La figura de «La Papisa» pasó al tarot, donde aún sobrevive como uno de los arcanos mayores.
La fascinación por la figura del papa en la cultura popular no es nueva: la papisa Juana fue uno de sus primeros grandes mitos.
¿Cómo se demostró que la papisa Juana no existió?
La crítica empezó en el siglo XV, con humanistas como Eneas Silvio Piccolomini (luego Pío II) y Bartolomeo Platina, que ya dudaban de la historia. En el siglo XVI, historiadores católicos como Onofrio Panvinio y el cardenal Baronio la rechazaron.
Pero el golpe más famoso lo dio un protestante, el francés David Blondel, a mediados del siglo XVII. Siendo de una confesión que había usado la papisa como argumento contra Roma, demostró que no había hueco para ella. Los datos son estos:
- León IV murió el 17 de julio de 855.
- Benedicto III fue elegido inmediatamente después, aunque un antipapa, Anastasio, retrasó su consagración hasta el 29 de septiembre.
- Se conservan monedas con el nombre de Benedicto III y del emperador Lotario I, que murió el 28 de septiembre de 855. Por tanto, Benedicto ya era papa antes de esa fecha.
- Hincmaro, arzobispo de Reims, cuenta que un mensajero suyo enviado a León IV supo por el camino de su muerte y entregó la petición a Benedicto III.
Entre León IV y Benedicto III no caben dos años y siete meses. Tampoco hay sitio en torno al año 1100, la fecha que daba Jean de Mailly, porque la sucesión de Víctor III, Urbano II y Pascual II está bien documentada.
¿De dónde salió entonces la leyenda?
No hay una respuesta única, y aquí empieza el debate historiográfico. El historiador alemán Ignaz von Döllinger propuso en 1863 la explicación que más aceptación ha tenido: la leyenda sería un cuento popular romano surgido para explicar varios elementos de la ciudad que nadie entendía ya.
- Una estatua antigua cerca del Coliseo que mostraba una figura con un niño.
- Una inscripción con la abreviatura P. P. P. (en latín, «lo puso a su costa»), que pudo reinterpretarse como la fórmula sobre la papisa que recoge Jean de Mailly.
- El hecho de que las procesiones papales evitaran una calle concreta, quizá simplemente por estrecha.
- Las sillas de mármol perforadas usadas en la ceremonia de toma de posesión en Letrán, antiguos asientos de baño romanos. La imaginación popular acabó viendo en ellas una «prueba» para comprobar que el papa era varón.
Otros autores han visto en la papisa una sátira de épocas en que la influencia de mujeres poderosas sobre el papado fue grande, como el siglo X, o una caricatura de algún papa llamado Juan. El investigador francés Alain Boureau, en La papesse Jeanne (1988), estudió la leyenda como un producto de la cultura clerical del siglo XIII, más que como un recuerdo deformado de un hecho real.
¿Hay historiadores que hoy defiendan que existió?
Muy pocos. En 2018, Michael Habicht, investigador adjunto de la Universidad Flinders (Australia), publicó un libro en el que sostenía que ciertas monedas del siglo IX con el monograma de un papa Juan pertenecían a la papisa, y no a Juan VIII (872-882). La universidad difundió su tesis en una nota de prensa.
La propuesta no convenció a los especialistas. El medievalista Thomas Noble, profesor emérito de la Universidad de Notre Dame, declaró a Newsweek que la sucesión de Sergio II, León IV y Benedicto III está fuera de duda y que esas monedas son de Juan VIII. La papisa sigue siendo, para la historiografía académica, una leyenda.
Su éxito moderno se debe más a la ficción: la novela La papisa (1996), de Donna Woolfolk Cross, y su adaptación al cine en 2009. Es un caso parecido al del papiro de la «esposa de Jesús»: una historia que muchos querrían que fuera cierta, pero que no resiste el examen de las fuentes.
Preguntas frecuentes
¿Existió la papisa Juana?
No hay pruebas de que existiera. No aparece en ninguna fuente de los siglos IX al XII, y la cronología documentada de los papas no deja hueco para ella.
¿Cuándo se supone que fue papa Juana?
La versión más conocida la sitúa entre 855 y 858, después de León IV. Una versión anterior, la de Jean de Mailly, la colocaba hacia el año 1100.
¿Quién inventó la leyenda de la papisa Juana?
No se conoce un autor único. Las primeras versiones escritas son de cronistas dominicos del siglo XIII, como Jean de Mailly y Martín de Opava, que probablemente recogieron un relato popular romano.
¿Es cierto que se comprobaba el sexo del papa con una silla?
No. Las sillas de mármol perforadas eran antiguos asientos romanos usados en la ceremonia de Letrán. La idea de la «comprobación» es una interpretación popular tardía vinculada a la leyenda.
¿Por qué los protestantes usaron la historia de la papisa?
Porque servía para atacar la legitimidad de la sucesión papal. Paradójicamente, fue un protestante, David Blondel, quien publicó una de las refutaciones más sólidas.
Fuentes: J. P. Kirsch, «Popess Joan», Catholic Encyclopedia (1910); I. von Döllinger, Die Papstfabeln des Mittelalters (1863); A. Boureau, La papesse Jeanne (1988); nota de prensa de la Universidad Flinders (2018) y declaraciones de T. Noble a Newsweek (2018). Imagen de portada: Crónica de Núremberg (1493), Rijksmuseum, CC0.