Ella Fontanals-Cisneros: la coleccionista que le buscó casa al arte latinoamericano

Hay vidas que parecen escritas para una novela, y hay personas que, en lugar de esperar a que alguien las escriba, deciden hacerlo ellas mismas. Ella Fontanals-Cisneros pertenece a la segunda especie. En 2024 publicó Ella soy yo, una autoficción de 352 páginas por la que desfilan Fidel Castro, Andy Warhol y Donald Trump, y cuya protagonista se llama Elena Feliú, aunque su padre, como dice la primera línea del libro, siempre la llamó Ella.

Detrás del personaje hay una mujer nacida en Cuba en 1944, criada en Venezuela, con nacionalidad española y casa en Madrid, que reunió una de las colecciones privadas de arte latinoamericano más importantes del mundo. Y que lleva años haciéndose la misma pregunta que se hacen todos los grandes coleccionistas cuando el tiempo empieza a apretar: ¿qué será de todo esto cuando yo no esté?

Datos clave

  • Nacimiento: Cuba, 1944.
  • Exilio: llegó a Venezuela siendo adolescente, tras la Revolución cubana.
  • Familia: casada con el empresario venezolano Oswaldo Cisneros entre 1968 y 2001; tres hijas, Marisa, Mariela y Claudia.
  • Fundación: creó en 2002 la Cisneros Fontanals Art Foundation (CIFO), con sede expositiva en Miami desde 2005.
  • Colección: entre 2.700 y más de 3.000 obras, según la fuente: abstracción geométrica latinoamericana, arte contemporáneo, video y fotografía.
  • España: en 2018 firmó un memorando para un centro de arte en Tabacalera (Madrid) que nunca llegó a abrir.
  • Libro: Ella soy yo (Funambulista, 2024), novela con tintes autobiográficos.

La isla, el exilio y una piscina

La historia empieza con una salida. En una entrevista con Forbes España publicada en 2026, ella misma lo resume sin adornos: «Llegué con 13 años a Venezuela, exiliada de Cuba». Al año de llegar murió su padre, «un señor muy espiritual, compositor, escritor», de un derrame cerebral. Ella tenía 15 años, una madre a la que quería sacar de la casa de su hermana y ninguna formación escolar terminada.

Tenía, eso sí, dos cosas: el inglés que había aprendido en un colegio americano y la pasión por los deportes. Convenció a unas monjas de que le prestaran la piscina de su colegio durante el verano para enseñar a las niñas bailes acuáticos. Se inscribieron cien. «Ese verano hice más dinero que cualquier ingeniero en Venezuela», contó. Fue, según dijo años después a la revista W, su primer negocio.

Vinieron después otros oficios —fue azafata, porque quería viajar—, un primer matrimonio del que se divorció a los 19 años, con una hija, y una galería de arte que abrió en Caracas a los 20 años. Ahí, entre cuadros, empezó todo lo demás.

Ella Fontanals-Cisneros sonríe junto a Dennis Scholl frente a un muro de granito con nombres grabados
Ella Fontanals-Cisneros junto a Dennis Scholl en un acto de la Knight Foundation, el 30 de noviembre de 2009. Foto: Knight Foundation / Flickr, CC BY-SA 2.0.

El apellido Cisneros

En 1968 se casó con Oswaldo Cisneros, miembro de una de las familias empresariales más poderosas de Venezuela. Él presidió Pepsi-Cola Venezuela hasta 1996, fundó la operadora Telcel y fue accionista mayoritario de Digitel; era primo y socio de Gustavo Cisneros, cabeza de la Organización Cisneros. Con Oswaldo tuvo a Claudia; él ya tenía a Marisa y adoptó y crió a Mariela como propia. Las tres crecieron como hermanas.

El matrimonio duró unos treinta años y terminó en divorcio en 2001. Oswaldo Cisneros murió en Miami el 8 de noviembre de 2020, a los 79 años. Pero el apellido se quedó en ella, unido al suyo con un guion, y también en el nombre de la fundación que crearía. «Me casé con un hombre rico, poderoso, y me dije: “Si estoy en este matrimonio es porque quiero, no porque necesite nada de nadie”», recordó en Forbes.

Y lo cumplió. Compró su primer apartamento en Nueva York en 1979, frente a Central Park, y lo vendió por varias veces lo que le costó: así nació su negocio inmobiliario. Entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa, en medio de una búsqueda espiritual, se volcó en la filantropía y en la tecnología: creó en Estados Unidos la Together Foundation, vinculada a la ONU, y en la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, instaló una carpa con una computadora conectada a Nueva York. «¡Yo casi inventé Internet!», bromea.

Del primer cuadro a tres mil obras

Su primera compra fue La quema, del pintor venezolano Tomás Golding, en la década de 1970. De ahí en adelante la colección creció en cuatro direcciones: la abstracción geométrica latinoamericana, el arte contemporáneo internacional y latinoamericano, el video y la fotografía moderna y contemporánea. Gego, Jesús Rafael Soto, Alejandro Otero, Lygia Clark, Carmen Herrera y Ana Mendieta conviven con Marina Abramović, Ai Weiwei, Barbara Kruger o Damien Hirst.

Las cifras varían según quién cuente y cuándo: 2.700 piezas, según el museo MARCO de Monterrey en 2025; más de 3.000, según La Nación en 2026. Casi la mitad, de acuerdo con su equipo, son obras de mujeres. Partes de ese acervo se han visto en la Tate Modern, el Reina Sofía, el Metropolitano de Nueva York y los museos de Bellas Artes de Boston y Houston, y de él han salido libros como Pulsos de abstracción en América Latina (1930-1970) o Adiós utopía, sobre el arte cubano entre 1950 y 2014.

Ella no oculta que coleccionar a ese nivel es también un ejercicio de cabeza fría: «A veces compro obras que no son completamente de mi agrado, pero entiendo que son piezas clave para cierta parte de la colección».

Coleccionar no tiene nada que ver con la presión; es algo personal, es un camino, es aprender y tener la oportunidad de ver el mundo de otra manera.

Ella Fontanals-Cisneros, en entrevista con La Nación (9 de septiembre de 2026)

Una selva de vidrio en Miami

En 2002 creó, con su familia, la Cisneros Fontanals Art Foundation, CIFO, una organización sin ánimo de lucro para apoyar a artistas latinoamericanos. Tres años después le dio una casa: un almacén de 1936 en el 1018 de North Miami Avenue, en el entonces áspero distrito de bodegas del centro de Miami, que el arquitecto René González transformó en 2005.

La fachada es lo primero que uno ve, y lo que no se olvida: más de un millón de teselas de vidrio Bisazza que dibujan una selva de bambú, un oasis verde en medio del concreto. El edificio ganó en 2006 un premio de diseño del Instituto Americano de Arquitectos y abrió a tiempo para Art Basel Miami Beach, con dos exposiciones sacadas de su colección: una de video y otra de fotografía de arquitectura.

Detalle del mosaico verde y amarillo que representa una selva de bambú en la fachada de CIFO en Miami
Detalle del mosaico de bambú de la fachada de CIFO, en el 1018 de North Miami Avenue, diseñada por el arquitecto René González con teselas de vidrio Bisazza. Foto: missvancamp / Flickr, CC BY 2.0.

El corazón de CIFO es su programa de becas y comisiones, que según la fundación ha entregado más de 2,5 millones de dólares a más de 170 artistas. La edición de 2026, anunciada en diciembre de 2025, reconoce a nueve creadores de seis países —entre ellos la colombiana Liliana García, de Medellín— y su exposición está prevista en el Museo de Arte Latinoamericano (MOLAA) de Long Beach, California, entre marzo y agosto de 2027.

Antes, en 2003, había impulsado Miami Art Central, un espacio de arte contemporáneo que en 2006 se asoció con el Miami Art Museum. Miami, en buena medida, le debe parte de su mapa cultural.

Madrid, Tabacalera y un museo que no fue

Con España la historia es más amarga. El 21 de febrero de 2018 firmó con el entonces ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, un memorando para crear en la segunda planta de Tabacalera, la antigua fábrica de tabacos de Embajadores, en Madrid, la Colección de Arte Contemporáneo de las Américas. Ella donaría unas 400 obras al Estado; el Gobierno anunció una inversión inicial de 4,7 millones de euros entre 2018 y 2021.

Edificio de ladrillo de la antigua Fábrica de Tabacos de Madrid visto desde la glorieta de Embajadores, con una fuente en primer plano
La antigua Fábrica de Tabacos de Madrid (Tabacalera), en la glorieta de Embajadores, en 2009. Foto: Luis García (Zaqarbal) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

El museo nunca abrió. En octubre de 2019, el ministro en funciones José Guirao le escribió que había cuestiones legales que impedían aceptar la donación tal como estaba planteada. El 6 de febrero de 2020, en su casa de Madrid, ella dio por rotas las negociaciones; además de las 400 obras, estaba dispuesta a depositar otras 600 de artistas cubanos contemporáneos. El Ministerio lamentó que hubiera roto las conversaciones «precipitadamente».

Hubo después contactos con la Diputación de Bizkaia para un museo en Zorrozaurre, en Bilbao, que tampoco cuajaron. En febrero de 2024, a punto de presentar su novela en ARCO, cerró la puerta: «No hay un plan válido, de modo que no cederé mi colección. He llegado a la conclusión de que no se aprecia lo que no se paga».

Venezuela en el horizonte

Pero la colección no ha dejado de moverse. Entre marzo y septiembre de 2025, el MARCO de Monterrey presentó Diálogos. Artistas mujeres en la Colección Ella Fontanals-Cisneros: 160 obras de 71 artistas de 23 países, la primera muestra dedicada solo a las mujeres de su acervo. Y desde la pandemia ella misma se volvió divulgadora: su cuenta de Instagram, @ellafontanals, supera los 430.000 seguidores, según La Nación.

Hoy, a sus 82 años, habla de reducir la colección, de quedarse con lo esencial, de decidir qué parte debe conservarse para el público. Sus hijas, cuenta, le han dicho que esa pasión es suya, no de ellas. Y en septiembre de 2026 dejó caer una frase que reabre una puerta que parecía cerrada: «Ahora que Venezuela está cambiando, tengo muchas ganas de poder hacer algo allí, en mi país».

Quizá ese sea el final que todavía no se ha escrito. La niña que salió de una isla, que aprendió a nadar contra la corriente en un país ajeno y que llenó almacenes con la mirada de todo un continente, busca todavía el lugar donde dejarla. Ella soy yo, tituló su novela. Su colección, de algún modo, también lo es.


Fuentes

Imagen destacada: Ella Fontanals-Cisneros (centro) conversa con Alberto Ibargüen (derecha), entonces presidente de la Knight Foundation, en 2009. Foto: Knight Foundation / Flickr, CC BY-SA 2.0.

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