Ardía sobre el agua, se lanzaba con sifones desde la proa de los barcos y no se apagaba con agua. El fuego griego fue el arma más temida de la Edad Media marítima y una de las razones por las que Constantinopla resistió durante siglos asedios de árabes, rusos y otros enemigos. Lo más llamativo es que su fórmula se guardó con tanto celo que se perdió. Esto es lo que sabemos de él y lo que sigue siendo misterio.
Contexto: un imperio sitiado
En el siglo VII, el Imperio romano de Oriente, al que llamamos bizantino, vivía su momento más crítico. En pocas décadas había perdido Siria, Palestina y Egipto ante la expansión del califato árabe, y las flotas musulmanas empezaban a amenazar el Egeo y la propia capital. Constantinopla, rodeada de agua por tres lados, dependía de su marina para sobrevivir. En ese contexto apareció el arma que los bizantinos llamaban «fuego marino», «fuego líquido» o «fuego preparado». El nombre de «fuego griego» se lo dieron después los europeos occidentales, que llamaban griegos a los bizantinos.
¿Quién lo inventó?
La fuente principal es el cronista bizantino Teófanes el Confesor, que escribió a comienzos del siglo IX. Según él, hacia el año 672 un arquitecto o ingeniero llamado Calínico, refugiado de Heliópolis, en Siria, llegó a Constantinopla y fabricó el fuego marino con el que se incendiaron las naves árabes. Muchos historiadores creen que Calínico no lo inventó de la nada, sino que perfeccionó técnicas incendiarias anteriores, como las mezclas de nafta y resinas que ya se usaban en la Antigüedad. Su aportación decisiva habría sido el sistema de lanzamiento a presión.
Cómo funcionaba
Las fuentes describen sifones de bronce instalados en la proa de los dromones, los barcos de guerra bizantinos, a menudo decorados con cabezas de animales. Con un sistema de bombeo, el líquido salía disparado como un chorro encendido, con estruendo y humo, y seguía ardiendo sobre la superficie del mar. Una ilustración del manuscrito conocido como Skylitzes de Madrid, del siglo XII, muestra precisamente un barco bizantino lanzando fuego contra una nave enemiga durante la rebelión de Tomás el Eslavo, en el siglo IX.
Había también versiones portátiles, como sifones de mano, y recipientes de cerámica que se lanzaban como granadas. Las fuentes coinciden en que el agua no lo apagaba; para sofocarlo se recomendaban arena, vinagre o, según algunos textos, orina.
Las grandes victorias
La tradición vincula el fuego griego con la defensa de Constantinopla frente a los asedios árabes de finales del siglo VII y, sobre todo, con el gran asedio de 717-718, en el que el emperador León III resistió y la flota árabe sufrió pérdidas enormes. La cronología del primer asedio, tradicionalmente fechado entre 674 y 678, se discute hoy entre los especialistas, pero el papel del arma en la supervivencia de la ciudad no se discute.
En 941, la flota del príncipe Ígor de Kiev fue destruida en buena parte con fuego griego cuando atacó las costas cercanas a Constantinopla. Las crónicas rusas recuerdan el pánico de los atacantes ante un fuego que parecía «relámpago del cielo».
Un secreto de Estado
El emperador Constantino VII Porfirogéneta, en el siglo X, dejó instrucciones a su hijo en el tratado conocido como De administrando imperio: nunca debía entregar el fuego líquido a ningún pueblo extranjero, porque había sido revelado por un ángel al primer emperador cristiano, Constantino, y estaba reservado a los cristianos de Constantinopla. Más allá de la leyenda, el texto confirma que la fabricación se trataba como secreto de Estado.
Ese secreto tuvo un coste. Según la explicación más aceptada, el conocimiento se repartía entre pocas personas, quizás una familia de artesanos, y cada uno conocía solo una parte del proceso. Con el debilitamiento del imperio, la pérdida de territorios de donde procedían las materias primas y el saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204, la técnica se fue perdiendo. Cuando los otomanos tomaron la ciudad en 1453, no hay indicios de que los defensores usaran el fuego griego tal como se describía siglos antes.
¿De qué estaba hecho?
No hay una receta bizantina conservada. Las hipótesis más aceptadas apuntan a una base de petróleo crudo o nafta, abundante en las orillas del mar Negro y del Caspio, mezclada con resinas de pino que lo hacían más espeso y pegajoso. Algunos investigadores han propuesto la presencia de cal viva, que reacciona con el agua y desprende calor, o de salitre, pero la mayoría lo descarta: el salitre no se conocía en el Mediterráneo hasta mucho después, y la cal viva no explicaría el chorro encendido. Los experimentos modernos con mezclas de petróleo y resina calentadas y bombeadas a presión han logrado efectos parecidos a los que describen las fuentes.
El nombre que se quedó con todo
Con el tiempo, la expresión «fuego griego» se volvió genérica en Occidente para cualquier arma incendiaria. Los ejércitos musulmanes desarrollaron sus propios proyectiles de nafta, y los cruzados los sufrieron en carne propia. El cronista francés Jean de Joinville, que acompañó al rey Luis IX en la Séptima Cruzada, describió el terror que causaba en el campamento cristiano en Egipto, hacia 1250, el «fuego griego» que lanzaban los musulmanes con máquinas de asedio: un proyectil que volaba con un estruendo de trueno y una cola de fuego. Probablemente no era la misma sustancia que usaban los bizantinos ni se lanzaba con sifones, pero el nombre ya se aplicaba a todo.
Esa confusión complica el trabajo de los historiadores, porque muchas menciones medievales de «fuego griego» no se refieren al arma original. Por eso los especialistas distinguen entre el sistema bizantino de lanzamiento a presión, que fue el verdadero secreto, y las mezclas incendiarias en general, conocidas en muchas culturas.
Mito y realidad
Mito: el fuego griego era una especie de napalm imparable. Era temible, pero tenía limitaciones: dependía del viento y del estado del mar, tenía corto alcance y era peligroso para quien lo usaba.
Mito: la fórmula se perdió por un descuido. Se perdió precisamente por el exceso de secreto y por el declive del imperio.
Realidad: fue una de las primeras armas de la historia tratadas como secreto tecnológico de Estado, algo que hoy reconocemos en la lógica de cualquier potencia militar.
Bizancio, mil años de historia
El fuego griego es solo uno de los hilos de la larga historia bizantina. En Codiguillos hemos contado la caída de Constantinopla en 1453 y la de la emperatriz Teodora y la revuelta Nika.
Fuentes
- Teófanes el Confesor, Cronografía (siglo IX).
- Constantino VII Porfirogéneta, De administrando imperio, cap. 13.
- Pryor, John H. y Jeffreys, Elizabeth M. The Age of the Dromon: The Byzantine Navy ca. 500–1204. Brill, 2006.
- Haldon, John. «Greek fire revisited: recent and current research», en Byzantine Style, Religion and Civilization. Cambridge University Press, 2006.
- Encyclopaedia Britannica: Greek fire
- Wikipedia en español: Fuego griego
Preguntas frecuentes
¿Quién inventó el fuego griego?
Según el cronista Teófanes, un ingeniero sirio llamado Calínico hacia el año 672, aunque probablemente perfeccionó técnicas incendiarias anteriores.
¿Por qué no se apagaba con agua?
Al tener probablemente una base de petróleo, flotaba y seguía ardiendo sobre el agua. Se sofocaba con arena o vinagre, según las fuentes.
¿Se conoce hoy la fórmula del fuego griego?
No. Se cree que llevaba petróleo crudo y resinas, pero no se ha conservado ninguna receta original.
¿Se usó el fuego griego en la caída de Constantinopla?
No hay pruebas de que se usara en 1453 tal como se describía en siglos anteriores; la técnica se había perdido.
